Guest column, Dr. Carlos I. Hernández-Hernández, Universidad de Puerto Rico en Mayagüez

For four days, from August 4 to 7, 2026, the National University of Avellaneda in Buenos Aires became a Latin American capital of memory. There, the XI Latin American Oral History Conference brought together researchers, professors, students, and scholars around a question as simple as it was decisive: What is oral history for? The University and the Latin American Oral History Network (RELAHO) created a space in which memory, identities, and the social experiences of our America stood at the center of reflection.
The richness of the gathering rested not on the number of presentations, but on the breadth of its questions. Archives, heritage, rural and Indigenous memories, social movements, education, labor, dictatorships, exile, gender, art, and cultural resistance formed a cartography of Latin American memory. Within that map, oral history no longer appeared as a technique for collecting testimony. It emerged as a field in which memory, power, experience, territory, and historical justice remain in constant conversation.
Among the figures who gave the conference particular distinction was Dr. Eugenia Meyer, a pioneer of Latin American oral history and a central figure in the creation of Mexico’s Archivo de la Palabra. Her opening keynote linked the generation that first opened paths with those who now expand the field’s horizons in the Spanish and Portuguese-speaking worlds. From Argentina, Dr. Pablo Pozzi reminded participants, during the closing panel on the country’s civil-military coups, that remembering constitutes a public responsibility. Dr. Adriana Echezuri, the conference organizer, made it possible for dozens of panels, workshops, and conversations to find common ground.
The Mexican delegation had a significant presence. Alberto del Castillo Troncoso, María Patricia Pensado Leglise, and Hilda Georgina Hernández Alvarado represented a tradition that connects photography, memory, labor movements, regional identities, and socio-environmental conflicts. Alongside colleagues from other countries, their contributions confirmed the vitality of an academic network built through ideas, affection, and shared memory. The program ranged from clandestine archives and Indigenous territories to rural education, “extractivism,” student activism, theater, music, and exile. That breadth revealed a field attentive to intimate experience and to the conflicts that have shaped the continent. The absence of Mexican scholars Gerardo Necoechea Gracia and Amelia QK Rivaud Morayta reminded us that these networks endure across distance and that academic communities are sustained by friendship as well as ideas.
I helped to represent Puerto Rico through my paper, “What Is Oral History For? Context Markers in the Memory of the Roberto Clemente Brigades,” which grew from interviews with Puerto Ricans who traveled to Nicaragua during the 1980s to participate in agricultural, educational, health, and community projects.
The Roberto Clemente Brigades show that Puerto Ricans did not observe Central America’s transformations from a distance: they crossed the Caribbean, worked alongside the Nicaraguan people, and transformed conviction into concrete acts of collective commitment.
The conference offered another lesson beyond the official program. In streets, universities, and cafés, Argentine hospitality dismantled caricatures and prejudices. Amid difficult circumstances, we encountered a society capable of preserving dignity, humor, conversation, and generosity. Another answer to the conference question emerged there: oral history teaches us to listen before judging, to prevent peoples from being reduced to stereotypes, and to restore speech to those pushed toward the margins of official narratives.
By the end, Avellaneda had hosted more than an academic conference. A Latin American community of memory had shared the conviction that remembering does not mean living as prisoners of yesterday but questioning the past to understand the present and widen the possibilities of the future. A Mexican presenter invoked the fictional town of Macondo, in Gabriel García Márquez’s, Cien años de soledad (in English: One Hundred Years of Solitude), where an insomnia plague threatens to erase the inhabitants’ memories. In Avellaneda, however, Melquíades’s potion still seemed to rest on the table, made of voices, testimonies, photographs, archives, silences, and rescued memories.
In words that Milan Kundera attributed to historian Milan Hübl, “The first thing one does to destroy nations is to take away their memory.” Oral history, then, is resistance, and listening is a form of hope. As long as somewhere in the Americas a voice remains willing to tell and another is prepared to listen, forgetting will not have conquered our peoples. Beneath the dust of erased names, some memory will still find its way home, as if yellow butterflies persisted in reminding us that life, even under every sentence imposed upon it, continues to bloom.
Spanish Translation
¿Historia oral para qué? La Universidad de Avellaneda y la pócima de la memoria latinoamericana: un encuentro contra el olvido
Durante cuatro días, del 4 al 7 de agosto de 2026, la Universidad Nacional de Avellaneda, en Buenos Aires, se convirtió en una capital de la memoria. En Avellaneda, el XI Encuentro Latinoamericano de Historia Oral reunió a investigadores, docentes, estudiantes y estudiosos alrededor de una pregunta tan sencilla como decisiva: ¿Historia oral para qué? La Universidad y la Red Latinoamericana de Historia Oral (RELAHO) propiciaron un espacio donde la memoria y las experiencias sociales de Nuestra América ocuparon el centro de la reflexión.
La riqueza del encuentro no residió en la cantidad de ponencias, sino en la amplitud de sus preguntas. Los archivos, el patrimonio, las memorias rurales e indígenas, los movimientos sociales, la educación, el mundo del trabajo, las dictaduras, el exilio, el género, el arte y la resistencia cultural formaron una cartografía de la memoria. En ese mapa, la historia oral dejó de aparecer como una técnica para recoger testimonios y se afirmó como un campo donde memoria, poder, experiencia, territorio y justicia histórica mantienen un diálogo constante.
Entre las presencias que otorgaron relieve al encuentro estuvo la Dra. Eugenia Meyer, pionera de la historia oral latinoamericana y figura central en la creación del Archivo de la Palabra en México. En su conferencia inaugural, Meyer enlazó a la generación que abrió caminos con quienes hoy amplían los horizontes del campo. Desde Argentina, el Dr. Pablo Pozzi recordó, en el panel de cierre sobre los golpes cívico-militares, que recordar constituye una responsabilidad pública. La Dra. Adriana Echezuri, organizadora del encuentro, hizo posible que mesas, talleres y conversaciones encontraran un espacio común.

La delegación mexicana tuvo una presencia significativa. Entre sus integrantes, Alberto del Castillo Troncoso, María Patricia Pensado Leglise e Hilda Georgina Hernández Alvarado representaron una tradición que enlaza fotografía, memoria, movimientos laborales, identidades regionales y conflictos socioambientales. Junto con colegas de otros países, sus intervenciones confirmaron la vitalidad de una red académica construida con ideas, afectos y memoria. La ausencia de Gerardo Necoechea Gracia y Amelia QK Rivaud Morayta recordó que estas redes sobreviven a la distancia y que una comunidad académica se sostiene en la amistad.
En ese escenario, Puerto Rico tomó la palabra. En mi ponencia, “¿Historia oral para qué? Marcadores de contexto en la memoria de las Brigadas Roberto Clemente”, el análisis surgió de entrevistas con puertorriqueños que viajaron a Nicaragua durante la década de 1980 para participar en proyectos agrícolas, educativos, sanitarios y comunitarios. A partir del concepto de “marcadores de contexto” de Gregory Bateson, la investigación estudia cómo esas mujeres y hombres organizan sus recuerdos y otorgan sentido histórico a decisiones tomadas hace más de cuatro décadas.
La entrevista aparece, desde esta perspectiva, no como un depósito del cual se extraen datos, sino como una arquitectura de la memoria. Los silencios, los saltos cronológicos, las asociaciones y los episodios escogidos por el narrador revelan cómo una persona reconstruye su experiencia. El estudio procura, a la vez, devolver a Puerto Rico a la historia latinoamericana de la solidaridad internacional. Las Brigadas Roberto Clemente muestran que los puertorriqueños no observaron desde la distancia las transformaciones centroamericanas: cruzaron el Caribe, trabajaron junto al pueblo nicaragüense y convirtieron sus convicciones en actos concretos de compromiso colectivo.
El encuentro dejó otra lección fuera del programa oficial. En las calles, universidades y cafés, la hospitalidad argentina desmontó caricaturas y prejuicios. En medio de circunstancias difíciles, apareció una sociedad capaz de conservar dignidad, humor, conversación y generosidad. En esa experiencia surgió otra respuesta a la pregunta del congreso: la historia oral sirve para escuchar antes de juzgar, para impedir que los pueblos queden reducidos a estereotipos y para devolver la palabra a quienes fueron empujados hacia los márgenes de los relatos oficiales.
Al final, Avellaneda había acogido algo más que un congreso. Una comunidad latinoamericana de memoria había compartido la convicción de que recordar no significa vivir prisioneros del ayer, sino interrogar el pasado para comprender el presente y ensanchar el futuro. Una ponente mexicana evocó la ciudad ficticia de Macondo, de Cien años de soledad de Gabriel García Márquez, donde una peste de insomnio amenaza con borrar la memoria de sus habitantes. En Avellaneda, sin embargo, la pócima de Melquíades seguía sobre la mesa, hecha de voces, testimonios, fotografías, archivos, silencios y recuerdos rescatados.
En palabras que Milan Kundera atribuyó al historiador Milan Hübl, “Lo primero que se hace para destruir a los pueblos es quitarles la memoria”. Por eso, la historia oral es resistencia y la escucha es una forma de esperanza. En tanto exista en algún rincón de América una voz dispuesta a contar y otra preparada para escuchar, el olvido no habrá conquistado nuestros pueblos. Entre el polvo de los nombres borrados quedará una memoria capaz de encontrar el camino de regreso a casa, como si unas mariposas amarillas insistieran en recordarnos que la vida, aun frente a todas sus condenas, continúa floreciendo.